Pizzería Kamikaze

Cómo malvivir entre suicidas y sobrevivir al intento

PIZZERÍA KAMIKAZE
Etgar Keret y Asaf Hanuka
La Cúpula
Rústica. 108 pág. B/N. 15 €



Etgar Keret y Asaf Hanuka os dan la bienvenida al mundo de Pizzería Kamikaze, un más allá donde la ironía se cubre con una mortaja desoladora. Nuestros protagonistas deambulan resignados, derrotados y malogrados por sí mismos, abatidos en un entorno alicaído y aburrido dominado por el tedio y la decepción latente de sus habitantes, auténticos cadáveres andantes que en vida no soportaron su suerte y decidieron por su cuenta visitar el cementerio antes de lo previsto.

La adaptación gráfica de Pizzería Kamikaze, originariamente un relato breve de Etgar Keret (La chica en la nevera) que Ediciones Siruela acaba de publicar en el recopilatorio homónimo, corre a cargo de Asaf Hanuka. Hanuka es un historietista de origen israelí que, con mucho oficio y un excelente trabajo de ambientación, nos transporta como por ensalmo a otro mundo en el que el auténtico protagonista es una suerte de purgatorio gris cercado por una impenetrable oscuridad. Ya desde la misma portada, Hanuka se encarga de empujarnos del colorido mundo de los vivos a un limbo monocromático donde la sencillez de sus perfiles es una retribución dolorosa para quienes no supieron valorar lo que tenían en vida.


Y así nos encontramos con Mordy, arduo trabajador de una pizzería local que pasa sus horas muertas en los bares con su amigo Uzi. Mordy comprueba que a su alrededor no hay más que ausencia de objetivos: los lugareños no se preocupan más que por pasar el tiempo de la forma menos aburrida posible pero, paradójicamente, sin pretender ambicionar algo mejor de lo que ya poseen, que es precisamente la nada absoluta. Es la consecuencia moral de una decisión tomada en vida, el purgatorio particular de quien ya no pretendía más en vida y decide acabar prematuramente con su tormento autoindulgente para encontrarse con una eternidad de autocomplacencia y monotonía, una repetición exhaustiva de su anodina vida terrenal.

También quedan secuelas físicas: los personajes que se pasean por las páginas de Pizzería Kamikaze muestran las heridas producidas por su acto de suicidio; algunas son notablemente visibles como agujeros de bala o cuellos retorcidos, y los más "afortunados" (de cara a la superficialidad imperante en los demás) no presentan ningún signo de malformación visible pues tomaron la vía de la ingesta de pastillas. La pseudovida en el barrio se resume a salir de copas y tener la suerte de poder ligar con una "Julieta". Día tras día, noche tras noche, si es que se percibe la diferencia. Y además, toca lidiar con la autocomplacencia de los demás, como si el propio dolor no fuera suficiente ya. Las relaciones sociales se han perdido a favor de una simple y soporífera sucesión de noches de alcohol y frases hechas.

Pero la estancia de Mordy da un giro radical cuando descubre que su antigua novia también se ha suicidado y, por tanto, ha pasado a formar parte de la población de este inframundo. Acompañado de Uzi se embarca en un road trip salpicado de humor negro, morbo, lecciones morales y paisajes donde el gris reina por encima de todo. Ambos se escapan de su limbo particular y se encaminan por unos extraños parajes en los que pierden la visión localista que hasta el momento mantenían de su castigo divino y comienzan a encajar las distintas piezas de un puzzle incompleto. Al salir de su barrio (o de la ciudad de Frankfurt; este purgatorio tiene el aspecto que le quiera dar cada uno), por ejemplo, darán con sus huesos en un pueblo musulmán atestado de terroristas suicidas defraudados por las promessas incumplidas del Islam y donde el odio entre religiones se ha diluido uniéndose fraternalmente en el sentimiento global de resignación. De aquí al bosque y el resto es historia...


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